La conducción autónoma es, sin duda, uno de los avances tecnológicos más fascinantes de los últimos tiempos. Sensores LIDAR, visión por computador, modelos de IA capaces de anticipar movimientos… todo ello parecía conducirnos (nunca mejor dicho) hacia un futuro donde ponerse delante del volante sería un recuerdo nostálgico. Pero la realidad es un poco más compleja que los vídeos promocionales.
Los viejos humanos al rescate
El caso reciente de Waymo es ilustrativo. La compañía, pionera en robotaxis en varias ciudades de Estados Unidos, ha reconocido que cuando sus vehículos se enfrentan a situaciones complejas, pueden recibir apoyo de operadores humanos en remoto ubicados en Filipinas. No «conducen» el coche en sentido tradicional, pero sí ofrecen orientación cuando el sistema encuentra escenarios ambiguos o inesperados.
¿Es esto un escándalo o un fraude? No. De hecho, desde el punto de vista de la seguridad, contar con supervisión humana es una buena decisión. El problema no es que exista un human-in-the-loop. El problema es haber vendido la idea de una autonomía casi mágica, completamente autosuficiente, cuando la realidad operativa es híbrida.
Algo similar ocurre con otros episodios: hace unos meses coches que colapsaban las ciudades por fallos en la conexión y recientemente algunos vehículos quedaban inmovilizados si detectaban que una puerta no estaba correctamente cerrada. La solución en este último caso ha sido ofrecer una compensación económica a personas cercanas para que para que acudan a cerrarla físicamente y permitir que el robotaxi continúe su servicio. De nuevo, más que un fallo catastrófico, es un recordatorio evidente de que la automatización convive con el mundo físico… y el mundo físico es imperfecto y difíclmente replicable por completo (aún) a base de algoritmos.
La tecnología no miente, los humanos si
Nada de esto invalida el progreso tecnológico. Los sistemas de conducción autónoma han avanzado enormemente en la última década y, en muchos entornos controlados, funcionan con un nivel de fiabilidad impresionante. Pero conviene distinguir entre lo que la tecnología puede hacer hoy y lo que promete el relato de marketing.
El concepto de autonomía, según la clasificación SAE, contempla distintos niveles. Muchos servicios que se perciben como “sin conductor” operan, en la práctica, dentro de marcos donde la supervisión humana sigue siendo necesaria, aunque no esté sentada en el asiento delantero. Eso no es una traición a la innovación, es una fase natural de transición.
Quizá la lección más interesante no sea tecnológica, sino comunicativa y social. Cuando se presentan avances disruptivos, la tentación de simplificar el mensaje es enorme. “Coches que se conducen solos” vende más que “sistemas altamente automatizados con respaldo remoto humano en escenarios límite”. Pero la segunda descripción es más honesta.
La conducción autónoma es una buena noticia. Reducir accidentes, optimizar el tráfico y ampliar la movilidad son objetivos muy loables. Simplemente, conviene evitar lanzar las campanas al vuelo. Porque cuando la narrativa supera a la realidad, la desconfianza llega al debate público y las valoraciones sobre las bondades (o no) de las nuevas tecnologías se distorsionan.
Y la innovación necesita justo lo contrario: confianza basada en hechos, no en eslóganes.


