En una sala del Tribunal Superior del Condado de Los Ángeles, mientras un jurado escucha testimonios sobre vidas arruinadas por la compulsión digital, el resto del mundo sigue con la cabeza abajo, deslizando el pulgar sobre pantallas que parecen diseñadas para devorarnos vivos. El caso que enfrenta a Meta (la empresa matriz de Facebook e Instagram) junto a otros gigantes tecnológicos no es una demanda más, es el reflejo de una sociedad que se autopropulsa hacia la adicción con la misma naturalidad con la que respiramos.
La joven que figura como principal denunciante, identificada como K.G.M., relata que empezó a usar Instagram a los nueve años (a pesar de que la edad mínima legal para hacerlo es trece) y que esta relación temprana con las redes derivó en ansiedad, depresión y trastornos de la imagen corporal. Su terapeuta incluso ha declarado que la interacción digital fue factor que contribuyó en su diagnóstico.
El móvil, una ventana al mundo (con barrotes)
¿A quién le sorprende? Las plataformas repiten como un mantra que no «crean adicción» y que su objetivo es la «satisfacción a largo plazo». Pero negar la enfermedad cuando millones de personas tienen los síntomas es como decir que el tabaco no causa cáncer porque quien fuma también come y bebe. Cuando un CEO –con la calidez emocional de un robot con batería baja– responde a preguntas en el estrado con evasivas, no solo está defendiendo a una empresa, está mostrando el cinismo de un modelo de negocio que gira alrededor de maximizar el tiempo de uso por encima del bienestar humano.
Y es que no hablamos solo de adolescentes que no pueden soltar sus móviles. Hablamos de adultos que consumen horas de contenido como si fuera oxígeno líquido. Hablamos de algoritmos que no sugieren, sino que empujan, que no acompañan, sino que capturan. La adicción a las redes sociales ya se describe en la literatura científica como un patrón compulsivo comparado con ludopatía o el trastorno por uso excesivo de internet: deterioro de funciones sociales, prioridades desplazadas, atención fragmentada, habitos de sueño y descanso destruidos…
Este juicio cobra más simbolismo porque pone frente a frente dos puntos de vista clave: una en la que las redes son simples herramientas (por lo que la responsabilidad es del usuario) y otra donde están diseñadas para explotar intencionadamente las vulnerabilidades humanas, desde la necesidad de aprobación hasta el miedo a perderse algo (el famoso FOMO). Las demandas han sido comparadas con aquellas contra la industria del tabaco, el alcohol o los opiáceos: productos que no solo generan dependencia, sino que lo saben y lo explotan.
Enganchados, pero a qué
La adicción no viene sola, viene de la mano de su oscura prima, la desinformación. En un ecosistema digital donde el engagement (el compromiso) es la métrica reina, las noticias falsas, los bulos virales y el contenido polarizante se alimentan de los mismos mecanismos que mantiene al usuario deslizando el dedo sin descanso. La información errónea (ya sea por descuido o por estrategia) circula a la velocidad de un click, y las fake news crecen en las mentes narcotizadas como semillas de desconfianza y rabia.
En definitiva, este juicio no solo cuestiona si Instagram o YouTube son «tóxicos», pone sobre la mesa una pregunta más importante: ¿queremos seguir siendo rehenes de plataformas cuya rentabilidad depende de nuestra incapacidad para mirar hacia otro lado? Y parece claro es que este problema no respeta edades. Desde el universitario que revisa stories antes de dormir, hasta el ejecutivo que refresca su feed entre correos o trabajadores que consumen el rancho informativo que les sirven sus influencers de cabecera mientras van al trabajo en transporte público. Todos estamos afectados por unas dinámicas que recompensan la compulsión y castigan la pausa.
Mientras los abogados discuten en Los Ángeles millones de personas siguen con su scroll infinito. Sin embargo sus efectos ya están empezando a ser juzgados por la sociedad y , quizá por primera vez, también por la ley.